A la Justicia por la unión

15 Abril, 2008 | por Luis Bertelli |

Decía Antonio Machado que por mucho que un hombre valga nunca alcanzará valor más alto que el de ser hombre, a lo que puede añadirse que por muy bajo que este descienda nunca perderá su dignidad, pero reivindicarla resulta desolador porque ya no creemos a cuantos dicen afectarles el grito de las víctimas y el silencio de los débiles, teóricos moralizantes que usan el Derecho y la retórica para encumbrarse a costa de la desesperación y la muerte de los marginados del mundo.¿Y donde hemos de acudir los que hacemos nuestro el sufrimiento de los demás? Trabajos que se realizan sin las mínimas medidas exigibles de higiene y seguridad; aditivos cancerígenos en productos que se comercializan por doquier; agresiones de todo tipo a los de siempre, a los de abajo, a los que no tienen voz ni fuerza para protestar; cárceles de menores -les llaman reformatorios-, que lejos de reeducarlos consiguen su completo desarraigo y desintegración social; emigrantes del hambre que acuden a países que consideran este fenómeno migratorio un problema de orden público y no de lesa humanidad; las interminables colas de madres que no faltan jamás a la cita con sus hijos presos por la dependencia hacia la droga que les crearon esos otros hijos del dinero…Reconozcamos nuestra desesperación, que seguimos inermes frente a los grupos de poder, recibiendo un distinto trato en función de lo que somos, de lo que tenemos, que las Constituciones se han roto de tanto vulnerarlas, que todo ha resultado ser una gran mentira. Y admitamos también que el desaliento que nos embarga es fruto de nuestra incapacidad, que no podemos, aislados, resolver todos y cada uno de esos atentados contra los derechos humanos, que nos vamos volviendo expertos en dominar nuestras frustraciones y que de seguir así, el abuso y la arbitrariedad se perpetuarán en plenas democracias y Estados de Derecho.Hay sin embargo una solución, que está paradójicamente en el corazón del propio Sistema que nos ignora. Por encima de Reyes y Presidentes, de la Justicia o de las Leyes –el posterius- estamos los ciudadanos -el prius-, con nuestros derechos fundamentales, algo así como Antígona elevada a la enésima potencia, con la ventaja de que al ser todos sufridores nos hace sentirnos, por esta sola razón, solidarios. Somos además individuos que no creemos en lo políticamente correcto, ni en los rostros sin formas ni convicciones movidos únicamente por el interés, no deseamos figurar ni tenemos precio y es la dignidad del ser humano el único motivo que nos mueve a reclamar el estatus de sujetos de derecho y no de meros objetos de los poderes públicos. Solo tenemos pues que llegar a unirnos. Y comprendido que sea que es esta unión la fuerza que necesitan todas las reivindicaciones justas que hoy ocupan nuestro tiempo, desperdiciando segregados tal oportunidad, de inmediato nos daremos cuenta de que la Justicia se encuentra siempre al final del trayecto, que si la misma funciona los problemas empezarán a tener uno tras otro solución. Cada cierto tiempo los políticos son controlados a través de los votos y tenemos el derecho -más bien la obligación-, de fiscalizar igualmente a nuestros jueces. De lograrse ese control sobre sus actos, cuando influyentes y poderosos se acerquen a la Curia a pedir que la Ley se incline a su favor, Jueces y Magistrados tendrán que decirles: “es que si os ayudamos detrás nos espera esta gente” y esta gente somos nosotros, un grupo de rebeldes no domesticados, con el poder suficiente para poner freno a las injusticias que hoy al afrontarlas por separado no tienen solución.Escribo todo esto en mi condición de Presidente de Fundación Jurei (Justicia Responsable e Independiente), la barca dispuesta a llevar a buen puerto tan loable como necesario proyecto y cedo desde este instante mi cargo a quien lo quiera y pueda desempeñar, porque yo solo aspiro a remar en la dirección acertada, para vivir el resto de mi vida con la ilusión de saber que participo en una empresa realizable, dejando paso por fin la utopía que presidiera todas mis actuaciones, a la realidad de un objetivo con muchas posibilidades de alcanzarse. (este artículo ha sido escrito para la web Candilejitas)

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