Semblanza de Luis Bertelli
Hice la carrera de derecho por error. Nadie en mi familia había sido antes abogado y hoy puedo decir ya con satisfacción que mis hijos tampoco lo serán, poniendo con ello fin al engaño que significó estudiar para poder defender a la gente y comprobar después que ello no es así por la falta de independencia que tenemos los abogados en el ejercicio de la profesión.
Emigrante en Alemania me matriculé como alumno libre, pidiendo permiso en el trabajo para presentarme a los exámenes y volviendo a marcharme sin esperar siquiera a las notas. Eso hizo que no fuese instruido en la enseñanza que algunos de los profesores impartían a los alumnos oficiales: “Lo más importante es el patio de la facultad, relacionarse”. O sea que como España es un país de “amigos” cuantos más tengas de joven, más “favores” conseguirás de mayor. Al principio cuando conocí esa consigna no le di credibilidad. Más tarde comencé a ver el resultado que daba en los demás y en los últimos años, cada vez que oía decir “tengo un amigo”, me echaba a temblar porque casi siempre se acude al “amigo” para conseguir algo ilegal y lo peor es que hoy sé que el sistema funciona. Las leyes y el conocimiento que puedas poseer de las mismas, no tiene ningún valor.
Si tal handicap no era ya suficiente, tomarme la vida muy en serio en un País en el que la inmensa mayoría se la toma muy en broma, complicaba aún más las cosas.
Nada más comenzar a ejercer la abogacía comprobé que la judicatura, lejos de ser ese cuerpo normal de profesionales consagrado a impartir la recta e imparcial Justicia que la sociedad demanda, estaba formada por hombres y mujeres egocéntricos ante los que hay que acudir a suplicar justicia en vez de exigirla, pero conocedor también de que en una democracia nada puede ser incontrolable ni nadie irresponsable, comencé a exigir responsabilidad a cuantos jueces privaron arbitrariamente a mis clientes de la razón que les asistía, habiendo denunciado a más de un centenar.
Al constatar que mis querellas y cuantas otras se interponían por posibles delitos de prevaricación eran archivadas sistemáticamente, sin practicarse una sola prueba en averiguación de los gravísimos hechos denunciados, empecé a llamar la atención dentro y fuera de España sobre el enorme peligro que entrañaba la impunidad de nuestra magistratura, llegando hasta presentar en el Congreso de los Diputados una petición de control del Poder judicial, ante la demostrada ineficacia del existente por juzgarse entre sí compañeros y amigos.
Todo ello me ha supuesto tener que pagar un precio muy alto porque los jueces, utilizando la ley en su propio beneficio y contando con el beneplácito de los Colegios de Abogados, decidieron perseguirme llenándome de procesos penales de todo tipo -parte de esa persecución está contada en “Clan Judicial”-. En ese libro también figura la promesa de dedicar mi vida a evitar que otros experimenten el mismo dolor. Y en ello sigo a los 59 años, reverenciando como el primer día la alta función de juzgar y con la tranquilidad de no haber hecho daño a nadie, procurando siempre devolverle a la sociedad el respeto y la consideración que esta me diera.